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- EL MENSAJE DE LA VIRGEN DE GUADALUPE CONSOLIDÓ LA FE DE LOS MEXICANOS Imprimir E-mail

escrito por Hno. Gonzalo González A., msp

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«Niman-oncan-momachioti, nezrtiquiz-in-itlazoi-xiptlatzin-iz-cenquizca-Ichpochtli-Santa-María-Teotl-Inatzin-in-yuhcatzintli-axcan-moyetztica» (traducido del náhuatl por José Luis, G. Guerrero). La imagen mariana que contemplamos en la Basílica de Guadalupe, en México, es un testimonio palpable del amor de Dios, Único y Todopoderoso.


María no se apareció por iniciativa propia, sino que Dios la envío para manifestar su amor y poder al pueblo mexicano, y así, ayudar a madurar su fe naciente. Ella era la más indicada para mostrar al mexicano el gran amor que le tiene su hijo Jesucristo.
En 1531, año de la aparición, se vivía relativamente la paz en México, pues apenas diez años atrás, nuestro pueblo había sido conquistado. La cultura y la religión del así llamado «Nuevo Mundo» se había caracterizado siempre por la precisión vivencial que tenía de los conceptos Verdad y Dios («Teotl», en náhuatl). El término «Nelliliztli», verdad, proviene del verbo náhuatl nel-huayua, significa: «echar raíces, afianzarse, consolidarse». Es por esto que los antiguos mexicanos concebían sus creencias religiosas y sus prácticas morales como «lo más verdadero, estable y venerable» de la vida, y se castigaba con la muerte a quien atentaba contra estos valores.


Desde esta idea de verdad-nelliliztli nacía en el náhuatl el deseo de contemplar a su dios supremo, Ometéotl, nombre que significa, «Aquel por quien se vive». Por su parte, los tlamatinime, sabios del pueblo mexicano, enseñaban que el hombre podía conocer a la Verdadera Realidad, es decir, a Ometéotl a través de las «flores y los cantos» del mundo, entendiendo por «cantos» a la poesía, y por «flores» a las manifestaciones de la divinidad.
Para el mexicano antiguo era una costumbre el contemplar su entorno, y siendo interior y exteriormente sensible, podía elevar la mente y el corazón con gran fe y razón. Llegaba a descubrir en el cosmos la presencia de ese Ser Supremo que es Raíz, Solidez y Verdad de la existencia humana y de todo lo que existe.
San Juan Diego fue un mexicano de habla náhuatl; él conocía el profundo significado de las palabras de su lengua. También fue un conocedor y practicante de la fe católica –nueva en su tierra y en su tiempo–, misma que abrazó con confianza, ya que ésta plenificó el sentido de sus creencias más hondas. Porque la fe de la Iglesia conserva, cuida y transmite la verdad del Ser Eterno, encarnado, muerto y resucitado que está vivo, y que da verdadera vida a los hombres.


Cuando san Juan Diego estaba angustiado por la enfermedad de su tío, Santa María de Guadalupe lo consoló diciéndole: «Escucha, ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te espantó, lo que te afligió; que no se perturbe tu rostro, tu corazón. No temas esta enfermedad ni ninguna otra enfermedad... ¿No estoy aquí yo, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?» María se proclama así como una eficaz intercesora de los hombres ante Dios.


La aparición de la Santa Virgen María de Guadalupe en el Tepeyac vino a consolidar la fe de los mexicanos de antaño y de los de hoy, sobre todo a quienes empiezan a rechazar la fe cristiana. La Iglesia en estas fechas nos invita a contemplar e imitar a la Virgen.
¿Cuál era en sí la misión de María en el pueblo náhuatl? La Virgen aclara el porqué de su aparición en México. Ella se presenta como la «Madre de Dios»: «In-nicenquizca-comicac-Ichpochtli-Sancta María, in- Inantzin-in-huel-nelli-Teotl»: «Soy la perfecta por siempre, Virgen Santa María, venerable Madre del muy verdadero Dios»; y además, como «Madre nuestra», cuando le dice a san Juan Diego: «¿Cuis-amo-nican-nica-nimo-natzin?»: «¿Acaso no estoy aquí yo, tu Madre venerable?»
María de Guadalupe, como Virgen misionera, logra una buena inculturación del cristianismo en este pueblo. Ella solamente vino a confirmar lo que los profetas habían dicho de muchas maneras: «Dios está con nosotros» (Is 7, 14).
Y no olvidemos que, antes de que María se apareciera en México para decirnos que su Hijo es el único «Dios Verdadero por quien se vive», este Hijo ya había nacido en Belén de Judá muchos años antes (cf. Lc 2, 10-14). Con Él llegó la plenitud de los tiempos, de las culturas, y de la existencia humana. El Evangelio tenía que llegar a estas tierras para que gozaran de dicha plenitud. En ello, el trabajo de los primeros misioneros y el acontecimiento Guadalupano están íntimamente relacionados al momento de hacer vivo el «acontecimiento Jesucristo» en México.


Como en el pueblo hebreo, en el mexicano antiguo ya se sabía adorar y transmitir fielmente la fe en Dios como lo más alto del existir, y es que «en tiempos antiguos Dios habló de muchas maneras. Ahora, en estos tiempos últimos ha hablado por su Hijo, mediante el cual creó los mundos y al cual ha hecho heredero de todas las cosas» (Hb 1, 1-2).
Cristo es quien plenifica todo matiz religioso, ritual y cultual. El papel de santa María de Guadalupe como Madre e intercesora es siempre valioso. Por tanto, a los que creen en su Hijo Jesús y lo aman, les dice: «...Hagan todo lo que él les diga» (cf. Jn 2, 5). Vivir lo que Cristo manda es siempre lo mejor, y así lo manda también la Virgen.
La verdadera devoción de quienes aman a Santa María de Guadalupe consistirá en obedecer el mandato de escuchar a su Hijo, al mismo tiempo que compartimos e imitamos su único gozo: «Hacer la voluntad de Dios, quien la ha enviado a sembrar la esperanza, el amor y la fidelidad en su Hijo, el Único Dios verdadero por quien se vive.» (SS Paulo VI). A Dios lo encontramos en la Eucaristía y demás sacramentos, al vivir la Palabra divina y en el amor a los hermanos asistidos por la poderosa intercesión de la Virgen.


El 12 de diciembre es fiesta de la Virgen, del pueblo visitado y de toda la Iglesia. El auténtico regocijo consiste en reconocer que Dios está vivo y ha llegado a nuestras vidas, así como recordar que no es indiferente y envío a María anunciando a Jesús «para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 15-16).

Última modificación ( miércoles, 06 de diciembre de 2006 )

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